La Plaza Perdida

 

Hoje faz anos o meu amigo, meu irmão e meu gémeo Gonzalo López.

Dir-me-ão, “sim, está bem, mas o que é que isso nos interessa?”.

O Gonzalo López merece uma estátua a cavalo no centro da Plaza Mayor de Madrid, ou melhor, uma estátua a cavalo na Plaza Reyal de Barcelona (os catalães têm sempre que ser diferentes), merece uma homenagem singela e como o bronze está caro, o Escrever é Triste apadrinha esta homenagem digital.

Foi com ele que delinqui.

Foi com ele que me fiz barriobajero.

Foi com ele que patrullé la calle.

López, va a por ti: FELICIDADES!

 

Uno más de aquellos siniestros días. Un día de tensión, con los clientes, proveedores e incluso, para empeorar las cosas, con los empleados. La empresa se estaba hundiendo. Los nuevos negocios no llegaban, por mucho esfuerzo y horas extra de dedicación que tuviésemos.

Eran las ocho de la noche, no había nadie más en la oficina. Apagué el ordenador, hice una última llamada, decidí salir. Me puse la americana, que también había visto mejores días, cerré la puerta y salí a las escaleras. El ascensor estaba en la planta baja, me decidí a bajar los ocho pisos andando.

Al llegar a la calle, tuve molestias con ese golpe de aire frío de finales de noviembre, un frío seco, muy frío. Sentí el placer de la cara ardiendo helada. Pensé en tomarme una copa, una cerveza por la tarde con un amigo o ir solo a un bar conocido, como había hecho miles de veces. Como alternativa siempre podría irme a casa, a ver una película o leer unas cuantas páginas más del tomo – un clásico – que estaba pendiente desde el verano. No, pensé, voy a caminar un poco a pie. Sentía la necesidad de perderme.

Empecé por esa calle que conocía como la palma de mi mano. Hasta que me encontré girando a la izquierda y entrando en un callejón, poco después en otro y otro. ¿Cómo cambian las ciudades en estos ejercicios geométricos, aparentemente escuetos, de las paralelas y perpendiculares? ¿Cómo es posible que dos calles perfectamente iguales sean totalmente diferentes, los edificios, las tiendas, la gente, el entorno? … tiré. Acto seguido empecé a ver cosas que no había visto nunca en la ciudad que me había adoptado.

Pronto la puerta del primer bar, de moda, elegante. Había una amalgama de gente, riendo, charlando y fumando. Son curiosas las consecuencias que las acciones humanas pueden tener, recuerdo haber pensado: un decreto que prohíbe fumar en lugares cerrados hace que unos cuantos – muchos – condenados al ostracismo, se conviertan en un club de una élite ceñida. Es curioso cómo este gremio de parias, se organiza y se solidariza: “se prestan” cigarrillos, “se regala fuego“, “se cambia calor”.

Con este pensamiento en mente continué mi marcha hacía ningún lugar. No salía de mi cabeza la necesidad desconcertante, más o menos disfrazada, que tenemos de interactuar con los demás. De saber, de aprender algo nuevo, de escuchar una historia, más temeraria o más aburrida… exótica o mundana. Absorto en esto me encontré en una plaza, con un diseño limpio, de granito bien cortado, a pesar de que olía a neón. Había dos terrazas, me senté en la que tenía calefacción. El empleado, amable, me mostró una sonrisa automática. Miré a la carta, sin grandes ganas, no quería beber o comer nada, lo que quería era alejarme de todas las preocupaciones del día, que poco a poco, terminaba. Quería dejar por un momento, mi mundo real y aprehender otro, imaginario, paralelo, pero aún y así verdadero.

El empleado se acercó y preguntó con un leve acento sudamericano:

– Hola Señor. ¿Qué va a tomar?

– De momento nada, contesté. Estoy esperando a un amigo que está a punto de llegar. Deme 10 minutos, por favor.

A lo que él contestó:

– Por supuesto señor.

Acababa de mentir. Una mentira absurda, innecesaria, infantil y sin consecuencias, probablemente, porque en realidad no esperaba a nadie, la verdad es que sólo quería sentarme y mirar, ser un voyeur de la ciudad por un rato.

Eché un vistazo, volví a mirar, a fin de adaptar la mirada al medio, como alguien que acaba de llegar a un cuarto sin luz.

Después de un tiempo empecé a percibir, en primer lugar la típica viejecita que les daba pan a las palomas, el gitano rumano que pedía limosna en la terraza mientras tocaba el acordeón, los chavales que bajo la arcada compartían un porro, los vendedores ambulantes de toda la vida, el guardia urbano que daba información gestual a un grupo de turistas desprevenidos, una mujer de dudosa reputación, un hombre dudoso que controlaba esta mujer dudosa, una pareja joven discutía porque él había llegado tarde y encima oliendo a cerve’; un universo entero de acontecimientos humanos, mundanos.

La Plaza Perdida. Barcelona, 2009 (c) Honigod.

 Fue entonces que vi a un hombre acercándose a la terraza, africano, alto, recto y delgado, con un aire temerosamente arrogante, con una camiseta de un club de fútbol de la primera liga. Me quedé mirando hasta que él fijó sus ojos en los míos. Tenía una mirada hipnótica, dura. Me preguntó acentuando las erres:

– Señor, ¿me puede ayudar con algo?

Nuestras miradas eran tensas, como si todo aquél hábitat urbano dejara de existir. No sé cuánto tiempo duró este momento, fuimos interrumpidos por el camarero que dijo:

– ¡Vete!, vete de aqui que molestas a los clientes!

Luego dije:

– Siéntate, miré al empleado y escupí alterado algo como: Es mi amigo, a quien esperaba. Ahora pedimos.

Le cogí la mano y dije:

– Soy G.

Se sorprendió por aquél acto insólito y contestó:

– Soy Barthélémy.

Le pregunté:

– ¿Qué quieres tomar?

Me apuntalé en la silla con este extraño de geografías distantes al lado y vociferé al camarero:

– Para mi un whisky com muchos hielos.

Él dijo:

 – Para mi otro.

Mientras esperábamos, le pregunté:

– ¿De dónde eres?De Bangui, República Centroafricana, me contestó.

– Yo soy de aquí.

Prolongamos el silencio hasta que llegaron los whiskies y como en una prueba de natación sincronizada tragamos a la vez. Ambos dimos un suspiro, no comprendí si de placer, si de angustia o tranquilidade.

Puse mi mano en el bolsillo de la americana y me saqué las cerillas, un cortador y los dos coronas que siempre llevaba a todas partes.

Corté uno, le pasé el cortador y él otro puro. Mientras encendía con la cerilla mi puro, Barthélémy cortaba el suyo con gran naturalidad y lo encendía con igual maestría. Nos miramos uno al otro y con una quietud lánguida empezamos a fumar mientras observábamos la plaza perdida.

 

Sobre Guilherme Godinho

Cuanto mas bonito es el campo, mas me gusta el mar; e a cidade. O preto e o branco dão-me a nostalgia da melancolia. Esta, como tantas bipolaridades clínicas, faz parte dos meus desassossegos. Se escrever é triste, fotografar pode ser depressivo.
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6 respostas a La Plaza Perdida

  1. riVta diz:

    Valle!

  2. Bea diz:

    …e de como uma mentirita se faz pura verdade.

  3. Manuel S. Fonseca diz:

    Pedi conselho ao meu amigo Borges. Disse-me ele, como se falasse com G: “Atravesando el fondo de algun sueño / Por él ya andaban don Quijote y Sancho.”

    • Guilherme Godinho diz:

      Esse Borges é um malandro. Não tenho estado com ele. Quando voltar a mandar recados, diz-lhe, por favor, que fale directamente com G. Abracos

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